diumenge, 26 de setembre de 2010

Confesión núm. 16



La vida, a ratitos.
Eso es facebook. Un poquito de aquí, una foto chusca de ahí, que si uno come, que si el otro lee, que si...
Vamos, como estar viviendo todos en la Rue del Percebe. Ajuntaos, sí, pero cada uno en su casa. Y Dios, si quiere y le apetece, en la de todos.
Y me da a mí que tanta campechanía, tanto comentario, tanto foto de sonrisas y borracheras y niños y perros y dos plantas y una nube, tanto vídeo y tanto enlace, tanto que te digo para que me leas y me lees para olvidarte, tanto que si vengo que si me largo, que si te quiero y que tú eres otro, que te espío, que te controlo, que te veo... acaba con el misterio de todo.
Vendría a ser como cuando un señor puso la primera bombilla et voilà, a tomar por culo las sombras, los mecanismos del sueño, el romanticismo, el susurro y la muerte. Que no digo yo que entonces fuese mejor. Para nada. Ojicos de pollo chico se le quedaban a los escritores de tanto ir con la velita arriba y abajo. Y todos levantados a las cinco de la mañana para aprovechar el sol. Todos y todas que las todas menuda vida de mierda seca arrastraban las pobres. Y los pobres. Y los niños y los perros y los ancianos...
Pero reconóceme que algo se quedó perdido entre las sombras, entre los bucles, entre los papeles.
Y ahora me da que volvemos a lo mismo. Que un amigo al que le tienes cariño resulta ser un mentiroso, y el otro, aquel que creíamos tan fiel pues resulta que le da como un choto loco a todo lo que se menee, y aquella de la que ya ni nos acordamos y que apareció -a ver, cuándo era...- y se plantó como amiga ha resultado ser un pozo de ignominioso virtuosismo derechil. ¿Y que me dices de las ex de tu pareja? ¿Y de los tuyos? Ese sainete sandunguero que de pronto se acumula en griterío y te recuerda que una vez fuiste un poco ligera de cascos.
Todo da vueltas.
Te entretienes y ves cenas a las que no has sido invitado (pero, cómo va a ser posible eso si somos como hermanos?), comentarios llenos de sandeces y maldad en manos de quienes considerabas sabios y casi divinos, invitaciones absurdas a actos absurdos a los que ni loca asistirías y que fíjate por dónde te da un poco de rabia porque te recuerdan que vives enclaustrada (porque quieres, porque quieres) en una vida social en la que lo más excitante es saltarse el régimen en un restaurante chino. Ves y oyes. Y contestas airada a personas de las que ni sabes quiénes son ni que jeto se gastan (monísimos avatares que nos ayudan) pero a los que hundirías sin pensarlo dos veces en el mismísimo Mordor. No una vez, no. Siete si hace falta.
Y luego está los que te regalan, un día sí y otro también, cestitos virtuales de rábanos, vacas, cerditos, molinos o te invitan a timbas de cartas.
Que invitar es gratis. Por eso el regalo gratis pierde gustito. Como esos abrazos y esas oes que semejan besos y esas equis que son abrazos. No, no es lo mismo.
Y sin embargo, aquí estamos. Cada día. Asomados a la ventana de los otros. Aprendiendo cosas nuevas. Compartiendo miseria. Ofreciendo consuelo y algún consejo. Conociendo desconocidos. Respetando las normas (no escribas con mayúsculas, no grites). Y diciendo me gusta tantas veces como nos de la gana.

Algo hemos perdido, sí.
Y algo hemos ganado, sí.
Depende del día que tengas o de las veces que te comenten tu estado.

(como siempre, gracias Liniers)