diumenge, 28 de novembre de 2010

Confesión núm. 17




Suena en la tele que ya empieza el circo de los recuentos. Miraremos las cifras y nos las pintarán en 3D, que los fracasos con volumen parecen menos. Los candidatos no podrán decir lo que quieren sino lo que otros -otros como yo- les habrán escrito. Que si son felices, que si todos ganan, que si continuaremos luchando...
Tengo miedo.
He ido a votar porque creo sinceramente en que podemos hacer algo bueno. Juntos.
He mirado la cara de los más mayores, los instintos de los jóvenes, la sensación festiva que en mi pueblo se destila en cada minuto electoral. Pero no me sentí especial votando. No sentí que en ese momento mi vida fuese a mejorar. Simplemente, pensé en la opción menos dolorosa, la que podía aportar algo -aunque no congregue mucho con su base de pensamiento- y tal vez, sacarnos de este pozo negruzco lleno de gilipollas.
En mi pueblo, el PP ni se acerca. Y a Dios -el suyo- gracias.
Nunca entendí lo que pretenden ni lo que buscan. En estos momentos, me sobran. Me sobran sus ataques, su forma de pensar y su forma de atacar. Y no, no me sobra la derecha. En todo poder siempre debe existir la dualidad para el equilibrio. Hay fachas que me caen bien (mira, Leopoldo Abadía) y con los que iría al fin del mundo. Gente de convicción, de pensamiento preclaro. Gente con la que merece compartir el pan.
Y también hay progres que me gustan, que ordenan el mundo en pensamiento y con los que también iría al fin del mundo. Gente valiente.
Es decir, que no importa mucho porque en el fondo, la buena gente es lo que realmente merece la pena.
Yo soy izquierdosa. Por si no lo sabías.
Me gusta el pensamiento libre y que se progrese en libertades.
Me gusta la gente buena.
Y la buena gente.
Así que ahora me dirigiré a ver la tele y participar un poco más de este circo deseando que esta vez, por favor, ganen las buenas personas, que luchen por la buenas personas y que nos den un poco de paz.
A todos.
Izquierdas, derechas.
Buena gente.
Por ti y por mi.