dimecres, 19 de setembre de 2012

Confesión Núm. 19



Días raros los tenemos todos. Días que no son días. Son como noches pequeñas, sin confesiones pero con putas y maleantes. Noches de raso roto que apestan a indolencia y a una soledad acre que ofende hasta a las narices más patosas. Días como noches tontas.

Esos días.

 Hoy.

 El sol se levantó atontado, envejecido y un poco inútil. Lo agradecí. Este día era noche, ¿recuerdas? Así que la oscuridad quedó atrapada en mis retinas y recé por el tiempo ensanchado de la nada y del olvido.

Barcelona.

Cielo en capote, una verónica sin olé que nos empapó y nos dejó tiritando en la esquina del ciego que vende ilusión. No supimos decir no y el café nos dejó el alma planchada y la sonrisa colgada entre dos tirantes.

Pasaron las horas. Ojos como enormes faros aplaudían frases manidas. El gesto del que sabe y calla, o del que calla porque no sabe. O del que ni sabe ni calla.

Luego, bajé en ascensor.

Mis montañas dormidas. El beso en la puerta. La sopa esperando. El reloj que no se detiene. La muerte que acecha.

Perdí las palabras.

Yo-yo Ma desgrana Bach con la misma facilidad con la que yo elaboro dulce de membrillo. Él brilla. Yo no. Yo busco la sombra del consuelo en las comas que, por gordas, no pudieron salir corriendo. No lo consigo. Sus regordetas caras apenas pueden contener la pausa ligera del abrazo y la lágrima. Cierro los ojos.

La noche está aquí. Sincera. Fría. Paciente. Olvida la muerte el camino y se detiene a tomar un tentempié. Olvido yo las palabras y me detengo a tomar un tentempié.

Esos días.
Esas noches.
Hoy.