dissabte, 4 de maig de 2013

Confesión núm. 20

La imagen que me muestra el espejo no soy yo. Es otra. La miro y me mira. Le hago una mueca y me la devuelve. Pero no soy yo. Yo no tengo ese aspecto. Esa señora no soy yo.

Yo camino por la luna, invento mundos y los destruyo. Yo vuelo. Yo...




Yo desaparezco en las sombras y me mimetizo con el dolor profético de las flores marchitas. Yo acaricio los nervios del pasado y templo las palabras ignorando el susurro del viento. Yo abro mis manos para sujetar el Universo y lo doblego, si me apetece, en formas cristalinas.

Yo soy única.

Yo soy hermosa.

Yo soy Dios.

Pero la señora que me mira a través del espejo es humana, está cansada, está triste a veces. La señora que me mira se ríe de mí y de mis delirios.

Esa señora a la que le sobran cien mil kilos no puedo ser yo.

Yo soy ligera como los sueños. Yo bailo entre el rocío con la languidez de la plata recién fundida. Yo escojo las estrellas que salen y acuno a los perros vagabundos que desean un hogar.

Yo soy especial.

Yo soy radiante.

Yo soy eterna.

Sin embargo, en el espejo, esa señora me recuerda cosas que no quiero. Ella sabe. Ella calla. Ella recuerda. Recuerda. Siempre. Recuerda. Lo lleva en cada cana, en cada arruga, en cada mancha de la piel. Lo lleva en el tabique torcido de la nariz. Lo lleva en las nervudas manos. Lo sabe. Lo sabe todo. Y recuerda.

Recuerda mi nombre.

El verdadero.

Recuerda lo que hice, lo que dije, quién fui y lo que nunca seré.

Recuerda el pacto.

Las alas perdidas. El cielo vacío. La humedad de la tierra.

Y cada vez que me recuerda...

... yo dejo de ser única, hermosa, especial, radiante y eterna.

Y paso a ser ella.

Dejo de ser yo.

Yo.